LA GESTALT COMO FORMA DE VIDA

Vivir desde la Gestalt ayuda a ser consciente del momento presente. Cualquier situción, por estresante o dolorosa...que pueda parecer, ha de enfrentarse en el AQUÍ Y AHORA para solucionarla, cerrarla y dar paso a otra nueva experiencia. No expresarnos tal y como necesitamos hacerlo, nos vuelve vulnerables hacia el entorno y hacia nosotros mismos. Callar una palabra, guardar una emoción, esconder un sentimiento o ocultar una opinión o pensamiento...nos convierte en algo que en realidad no somos. Si no digo en "su momento" lo que pienso, opino o creo; tarde o temprano saldrá fuera de mí como un volcán en erupción, en forma de rabia, ira u odio...Cada vez que guardo una emoción dentro de mí, me estoy controlando a mí mismo/a y no me doy a conocer tal y como soy en realidad...Cada vez que escondo un sentimiento me alejo de la realidad y me engaño a mí misma/o...Lo fundamental es hacerse responsable de unos/a mismo/a: ¡ESTE/A SOY YO Y ESTA ES MI EXPERIENCIA!
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viernes, 22 de enero de 2010

BORRACHERA DE SENTIDOS

BORRACHERA DE SENTIDOS
El gusto el gusto el gusto el gusto el gusto el gusto el gusto
Con los sentidos percibo en el aquí y ahora el mundo que me rodea. En esos momentos, cuando soy muy consciente me sonrío al darme cuenta, al disfrutar de esa magia que me hace partícipe del universo desde lo más sencillo. No sólo percibo como mecanismo de supervivencia y, por lo tanto de defensa. Siento placer todos los días del año. Siento un goce tan intenso que sólo la experiencia misma puede llegar a describirlo. Y en lo pequeño muerdo con pausa una jugosa cereza en un día de verano. Escucho el sonido de la pulpa al romperse y en la escucha ya siento su sabor, un sabor dulzón con una pizca de acidez que me invita a masticar despacio y a pensar en el siguiente bocado que será la cereza entera. La llevo con la lengua de un lado a otro de la boca y los sabores se diluyen en la saliva que no deja de fluir. Quiero más placer, quiero que los aromas rompan los sabores dispersos por la boca y se integren en uno solo, fresco y caliente, intenso y puro. No hay nada que iguale esas sensaciones, esa explosión de emociones que acaban, sin lugar a dudas, en una verdadera pasión. Y para sentirlo de nuevo desde la imaginación inmediata, nadie mejor que Isabel Allende en su libro Afrodita, capaz de describir de manera muy gráfica lo que quiero decir. Ahí va un pedacito de sencillez y placer al mismo tiempo que se me ha brindado al abrir el libro al azar: Mientras ella trabajaba, en otro extremo de la cocina se producía el sencillo milagro cotidiano de la harina y la poesía, el contenido de los moldes cobraba vida y un proceso lento y sensual se desarrollaba bajo esas blancas servilletas que, como sábanas discretas, cubrían la desnudez de las hogazas. La masa cruda se hinchaba en suspiros secretos, se movía suavemente, palpitaba como cuerpo de mujer en la entrega del amor. El olor ácido de la masa en fermento se mezclaba con el aliento intenso y vigoroso de los panes recién horneados. Y yo, sentada sobre un banquillo de penitente, en un rincón oscuro de esa vasta habitación de piedra, inmersa en el calor y la fragancia de aquel misterioso proceso, lloraba sin saber por qué... Me doy cuenta de que cuando voy a comer algo y a degustarlo intervienen otros sentidos que se acoplan al “primero”. Las cerezas la capto con la vista y el tamaño, el color y su forma atraen mi atención y crean una necesidad. Cuando las coloco en un bol y las paso bajo el chorro de agua fresca que sale del gripo las muevo y al moverlas siento su consistencia y su dureza, su frescor y su suavidad. El agua permite que el aroma se desprenda y vuele por delante de mi nariz, incrementando aún más esa necesidad de comer la fruta que al llegar a este punto ya se ha transformado en deseo. Por todo esto, cuando llega el verano y puedo darme el gusto de degustar un buen puñado de cerezas no puedo por menos que cerrar los ojos al comerlas y dejarme llevar por esas sensaciones, que pedacito a pedacito llegarán a tornarse en emociones. EL TACTO el tacto el tacto el tacto el tacto el tacto el tacto el tacto el tacto Mi experiencia con este tipo de sensualidad se limita a un par de guantes. Una vez, hace muchos años, tuve que comprar guantes en un otoño frío de Venecia. Entré a un sucucho estrecho como un closet, donde se exhibían, en un delicado escaparate de cristal, guantes de la más fina colección. El dependiente –o tal vez el dueño de la tienda- era un hombrecillo relamido, con un bigote de mago y traje oscuro con chaleco. Tomó mis manos en las suyas como si sostuviera una paloma herida, con tan amoroso cuidado que sentí un corrientazo por todas mis fibras y los vellos se me erizaron. Una oleada de perfume dulzón me dio en las narices cuando se inclinó sobre mis manos. Creí que iba a besarlas y tuve un instante de pánico, pero se limitó a mirarlas de cerca, un rato largo, como quien estudia un diamante. Luego las volteó de modo que mis dorsos descansaban en sus palmas, secas y muy calientes, como panes recién horneados. Su índice recorrió, con ligereza y lentitud insoportables las líneas de mi destino, palparon las yemas de mis dedos, trazaron un círculo de fuego en torno a mis muñecas. La sangre se me agolpó en las sienes y él se dio cuenta al instante, porque pudo sentirla palpitando en las venas de mi pulso. Levantó los ojos y me miró sin sonreír. Los dos sabíamos; creo que dejamos de respirar por un tiempo eterno, hasta que yo no pude soportarlo más y desvié la cara, abochornada. Murmuró algo en italiano, que a mis oídos sonó como una declaración de amor, pero pudo haber sido el precio de los guantes. Por fin, reacio, me soltó para buscar en una gaveta un par de guantes de gamuza color sepia, tan suaves como la panza de una ardilla. Y entonces, con deliberada parsimonia comenzó a ponérmelos, dedo a dedo, mirándome a los ojos, deteniéndose en cada articulación, jadeando, con los labios húmedos. Yo tenía veintitrés años y ese caballero debe haber contado con unos sesenta, pero nuestras edades se borraron y ambos entramos en el limbo eterno de los amantes ilusorios. Han pasado treinta años y todavía recuerdo con precisión absoluta lo que viví en aquellos minutos. No he olvidado ni el tono exacto de los guantes, ni el aroma floral de su perfume, ni la suavidad perversa de sus manos acariciando las mías, ni menos, por supuesto, mi terrible excitación. Desde entonces miro mis manos con simpatía, porque las veo con los ojos de ese hombre. Supongo que eso es Tantra. Investigar un objeto sin mirarlo Acomodados como estamos habitualmente a la visión de lo que nos rodea sin apenas dejar caer nuestra mirada en aquello que está próximo a nosotros, no sería de extrañar que la rutina se instalara en nuestras vidas creándonos un gran vacío o colmándonos de insatisfacciones. Acomodados como estamos a la percepción superficial de lo que tenemos cerca, no nos extrañamos cuando descubrimos de qué se trata porque lo primero que deseamos saber es, desde el conocimiento, el nombre de lo que se nos muestra. Indagar para descubrir algo que desconozco y hacerlo usando los sentidos, excepto el de la vista, me acercará al objeto desde otro prisma que reflejará proyectando hacia fuera otros colores, otros sabores, otros aromas, otras sensaciones táctiles y otros sonidos. Cuando me pongo a explorar algo nuevo para mí por el simple hecho de no verlo, siento que mis párpados pesan incitando a mis ojos a cerrarse y es entonces cuando imagino que soy como un bebé con ansias de descubrirlo todo o como uno de nuestros antepasados que con infinito amor iba conociendo los más ínfimos detalles de cada elemento, de cada sustancia, de cada planta o de cada mineral…La novedad, la frescura de los primeros encuentros, el desaprender lo aprendido haciendo un espacio en mi pensamiento para poder percibir sin analizar, sin interpretar, sin racionalizar despertarán mi consciencia para ayudarme en el camino de la integración y del crecimiento personal. Seguro que en tu casa, en los cajones donde guardas cosas de las que ni te acuerdas, en la calle o en la Naturaleza, encuentras algún objeto con el que poder poner en práctica la siguiente experiencia: De todos los enseres que tengas a tu disposición, elige uno  Busca un lugar tranquilo en el que no haya ruidos y asegúrate de descolgar el teléfono o apagarlo.  Te acomodas, sentado o tumbado, como prefieras y cierras los ojos  Durante unos segundos lo explorarás con los sentidos, con todos excepto el de la vista.  Averiguarás tanto como te sea posible acerca de ese objeto  Puedes tocarlo, olerlo, gustarlo, oírlo…  Fíjate en cualquier imagen, fantasía o pensamiento que pase por tu mente y no intentes cambiarlos…Tal vez lo primero que pase por tu cabeza es que quieras saber de ese objeto por medio del intelecto, de la razón…  Aunque esto ocurra sigue descubriendo el objeto por medio de tus sentidos y date cuenta de lo que te ofrece y de cómo te sientes… John Stevens nos recuerda que empleamos tanto nuestros ojos que tendemos a ignorar nuestros otros sentidos y nos olvidamos de cómo pueden ser usados. Con frecuencia empleamos la visión no sólo para ver sino para descartar. El Delfín Cojo de la estantería un objeto que no toco ni percibo intensamente desde hace mucho tiempo, pues me limito a limpiarle el polvo o cambiarlo de lugar. Lo primero que hago es palparlo y siento el frescor del cristal que poco a poco se va calentando. Al pasar mis manos sobre la superficie del delfín, me doy cuenta del ruido que hace; sobre todo el morro y la cola y escucho atentamente el sonido que desprende al chocar con mis anillos. Cierro los ojos y me dejo llevar por la musiquilla. A mi mente acuden imágenes que están relacionadas con ese tintineo y veo una iglesia y en su interior a un monaguillo que toca la campanilla durante la Eucaristía. Sigo creando sonidos, esta vez con la base del delfín en contacto con las sortijas y capto la imagen de una mano que repliega un plato de sopa con una cuchara. Me sonrío y acaricio mis mejillas con los dorsos penetrando en mi piel el frescor ligero que voy transmitiendo a toda mi cara. Siento que me voy relajando y; sin embargo, deseo seguir descubriendo otras sensaciones. Con los extremos redondeados de lo que imagino que es la cola, doy golpecitos sobre la frente y siento el golpetear bajo la piel. Desciendo por la nariz y fricciono en un movimiento de abajo arriba y de arriba abajo que me produce un ligero cosquilleo cuando llego a la mitad y se convierte en un hormigueo intenso y penetrante cuando presiono y hago círculos en el centro de la frente, en ese punto en el que está localizado el chacra del Tercer Ojo. En ese momento cualquier visualización que llevara a cabo, no sólo resultaría ser creativa sino que además sería productiva para encajar otra pequeña pieza en el puzzle de la integración. Cuando abro los ojos observo detenidamente el delfín y recuerdo perfectamente a la persona que me lo regaló y de alguna manera, le hago llegar las sensaciones que me ha transmitido su delfín. Y cargada de esa energía positiva me dejo llevar y escribo:
Ahora te recuerdo sonriente Dispuesta a crecer y a disfrutar Erguida como un árbol complaciente Luciendo sus ramas al azar y Amando la Vida por demás